El firmamento es eternamente azul según “La Culturosa”

 

Cuerpos celestes

La obra dirigida por Diana Rogovsky e interpretada por Edgar de Santo  y Laura Valencia abre un portal de lirismo, sensualidad y abstracción al servicio de los cuerpos de dos bailarines en escena. Una apuesta que, partiendo de lo austero, logra una pregnancia en escena brillante.

Por Cintia Kemelmajer

La escena es sórdida, minimalista. Dos bailarines con máscaras de lana con motivos norteños, una tela larga, un biombo, una silla giratoria. Pocos recursos y una música de violines y orquesta que la irrumpe, la envuelve y le da vida. Así empieza todo lo que terminará en media hora: una obra intransferible, intensa, mágicamente sensible, abstracta, o mejor dicho, de tantas tramas narrativas posibles como espectadores en la sala. El firmamento es eternamente azul es una invitación a que los sentidos se dejen llevar por el pulsar de la danza de dos bailarines extraordinariamente humanos: de cuerpos con años, panza, celulitis, perfectos en su imperfección, con un dejo de animalidad que los atraviesa en sus movimientos concienzudamente carnales, viscerales, polimorfos.

El hombre es una mujer, y la mujer es un río. La carne se pulveriza por encima y por debajo de la tierra. De eso que parafrasea el programa parece hablarnos la obra dirigida por Diana Rogovsky y protagonizada por Edgar de Santo y Laura Valencia. De la creación, de la génesis del mundo y las cosas de ese mundo, del pálpito original. Aunque todo se desarrolla en ese escenario austero y poco pretencioso descrito al comienzo, y el espectador tiene libre albedrío para irse por el cauce de la historia que mejor se figure en su conexión con la escena.

Es cierto que en un comienzo, cuesta entrar al universo de significaciones mudas que propone El firmamento… Más aún para quienes no son habitués de la danza-teatro, el lenguaje puede parecer inverosímil y difícil de asir. Pero con el correr de los minutos y del entrelazamiento que ambos personajes tejen paulatina y sutilmente, pronto el público se ve inmerso en algo de lo que no puede sacar la vista ni su emoción.

Es muy acertada la fusión de los gorros cuasi norteños, de lana y coloridos, que evocan la cultura originaria autóctona, con la música de Gustav Mahler que envuelve la escena. Aunque a priori tendrían poco que ver, algo mágico sucede cuando el movimiento se asocia a la música académica: los planos se yuxtaponen y aparece una partitura viviente. Lo nacional se mezcla con lo “europeo”. Los dos lenguajes son uno solo. El mensaje funciona. La fusión hipnotiza.

También es una decisión acertada el biombo que pone fin al espacio escénico en oposición al público, y el vestuario de los bailarines, que los muestra con una naturalidad emotiva que llega al erotismo de la imperfección. Se respira evolución, se transita por momentos de éxtasis y de oscuridad creados desde lo puramente corporal que provocan los dos bailares, brindados a su público, poniendo toda su carne al asador.

Aquellos dos cuerpos, sin dudas, nos interpelan. Transmiten, transportan, mutan como seres en cambio y transfiguran el estado del ambiente, o mejor dicho, provocan la mágica alquimia del teatro: le cambian el estado energético al espectador, que ya no será el mismo sino uno mucho más ensanchado cuando los aplausos inunden la sala, las luces se enciendan, y la vida moderna les dicte que deberán volver a la calle, esa que los cobijará –como siempre- mientras vuelven a sus nidos, pero que esta vez los notará renovados.

www.revistalaculturosa.com.ar/cuerpos-celestes

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